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La terapia: del desamor a la libertad

por | 3 Dic, 2016

A menudo las personas que quieren iniciar un proceso terapéutico se preguntan ¿Qué es la terapia? ¿De qué me servirá? Para responder a estas cuestiones encontraríamos una montón de manuales de psicología con explicaciones de cariz científico sobre las bondades de seguir un proceso terapéutico. Pero las respuestas basadas en la experiencia personal son más vivas, más comprometidas y llegan de forma más clara a quien lo pregunta. En este sentido este escrito está hecho a partir de la experiencia personal tanto en mi proceso terapéutico como en lo qué he aprendido como terapeuta.

Terapéutico es un concepto que proviene del griego therapeutikós y significa cuidar de alguien, es decir, es un acto de sanidad donde participan un mínimo de dos personas: el cuidador y el cuidado. Pero en absoluto, la terapia, tal y como lo entendemos en la Escola de l’Ésser, sitúa al cliente en una actitud pasiva, como sería un “Me dejo cuidar para que me lo arreglen”, más bien es al contrario, el acto terapéutico incluye el darse cuenta uno mismo de su responsabilidad con lo qué le pasa, de tomar conciencia de como el propio ego le boicotea la posibilidad de ser feliz y decidir libremente, es decir, de forma responsable y consciente, si quiere coger las riendas de su propia vida.

La terapia es primordialmente un trabajo íntimo, un viaje hacia el interior de uno mismo para reencontrar un estado saludable, fresco e inocente que con los años hemos ido perdiendo debido a los desengaños vividos, a las frustraciones que no hemos digerido, al sufrimiento que nos causa el desamor hacia nosotros mismos. Nos hemos vuelto esclavos de nuestra neurosis para sobrevivir, como un sucedáneo del verdadero amor, y de lo que se trata es de recuperar la libertad de la vida.

¿Pero cómo recuperar una libertad cuando no somos conscientes de haberla perdido? Difícilmente podemos recordar cuando y como dejamos de ser seres libres, puesto que ha sido un proceso continuo en el tiempo y que se ha producido en un periodo vital donde los conceptos y el lenguaje todavía no estaban fijados en nuestro razonamiento. ¿Hemos sido libres alguna vez? Ante dudas de este tipo me es muy inspirador la simple observación de un bebé, fijarme en la mirada que tienen los niños, observar su presencia o admirar su nitidez.

Y efectivamente, me contesto que todos hemos sido bebés, criaturas, niñas y niños inocentes. Todos, sin excepción, hemos contemplado el mundo con una mirada inocente, sana y desprendida. Todos y todas hemos estado conectados con nuestras necesidades más básicas: si teníamos hambre, llorábamos para que nos dieran alimento, si teníamos sueño, dormíamos. Es decir, partimos de un estado donde no hay manipulación, ni seducción, ni sufrimiento, ni pretensión, ni rencor. Pero dónde tampoco hay pensamiento ni emoción. Así pues, partimos de la pura vitalidad, de la obvia conexión física con la vida.


Con los años hemos incorporado a nuestro ser el pensamiento y la emoción y paralelamente hemos desarrollado nuestro carácter y nuestra neurosis. Hay una clara e inevitable vinculación entre la maduración de la capacidad de razonar y el establecimiento de estructuras neuróticas, puesto que razonar es acotar las vivencias a conceptos limitados y, en consecuencia, es una limitación a nuestra libertad. La inevitabilidad de estos dos procesos, neurosis y razonamiento, me tranquiliza, me desculpabiliza y me abre el camino de la compasión hacia mí mismo. Me permite decir: “No soy neurótico porque soy malo o lo he hecho mal sino para poder sobrevivir al profundo desamor que sentí a al darme cuenta que mis padres no me amaban como yo necesitaba sino como ellos sabían y yo no entendí que aquello que me daban también era amor”. La consecuencia es la creación de un personaje que busca desesperadamente la atención de los padres, que pierde la inocencia y que se conforma con un pseudoamor. Después de adultos reproducimos el mismo patrón de comportamiento que hemos aprendido de niños y esto nos genera muchos conflictos relacionales, con los otros y con nosotros mismos.

Recuperar la inocencia, no es mantenerse en una eterna inmadurez, llamando la atención y no asumiendo responsabilidades. Al contrario, la inocencia nos hace más adultos puesto que es inocente aquel que sabe pensar bien y sentir bien. Es adulto aquel que ha logrado su pleno desarrollo como persona y la terapia es un buen instrumento para conseguirlo.

En palabras de la Maestra Empar, “cada nueva vida, cada criatura que llega al mundo es una promesa para la humanidad” y nosotros también lo hemos sido, posiblemente lo hemos olvidado, nos hemos despistado, nos hemos oscurecido, pero esto no significa que lo hayamos perdido y que no podamos reencontrarlo.

La firme voluntad de iniciar el camino hacia una mayor conciencia es lo primordial de cualquier acto terapéutico.

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Josep M. Batalla
Miembro del Equipo de la Escola de l’Ésser
jbatalla@uoc.edu | 659 391 442
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ESCOLA
DE L'ÉSSER
Centre de  Teràpia i Meditació

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