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La terapia gestalt: la actitud creativa y el arte

por | 3 Dic, 2016

Las vinculaciones y los denominadores comunes entre terapia y el hacer creativo están fuera de dudas. El presente artículo no sólo pretende argumentar esta afirmación, sino que tiene la intención de dejar claro que sin una actitud creativa no hay una auténtica terapia gestalt.

¿Y qué es ser creativo? No es un atributo exclusivo de personas especiales por razones genéticas. Es una capacidad que todos tenemos en potencia, aunque que desgraciadamente en muchos casos poco desarrollada. Es la capacidad de aprovechar todo lo que sucede en el momento; la llamada verdad del instante que siempre es inesperada, fresca e imprevista. Y aprovecharla para activar una dinámica, para ejemplificar cualquier cuestión, para confrontar un comportamiento o actitud neurótica; para hacer terapia.

Para aprovechar hace falta, previamente, captar, dejar entrar todo lo que está ocurriendo: esto es lo más complicado porque generalmente nos sentimos tan inseguros (terapeutas y clientes) que ni nos permitimos escuchar, observar, oler…captar, en definitiva, todo lo que sucede.

Por lo tanto, para mantener una actitud creativa y auténticamente gestalt se requiere de una obertura para percibir lo que está pasando en el momento presente y una habilidad para relacionarlo y vehicularlo hacia un objetivo beneficioso para el cliente.

El terapeuta gestalt es un artista que crea en beneficio de la salud del cliente. Hay que ser auténtico para crear. Por supuesto que el terapeuta, como el artista, dispone de recursos técnicos, pero lo que realmente determina su valía es precisamente su atrevimiento a mostrarse tal como es, a ver las cosas tal como son, es decir tal como se presentan aquí y ahora. I eso da miedo porque nos asustan las cosas que no controlamos; lo queremos todo bien planificado y estructurado; no somos generalmente muy amantes de las sorpresas. El artista y el terapeuta están familiarizados en internarse en un camino no trazado, sino que se va haciendo, como decía Machado, mientras se camina.

El artista y el terapeuta que utilizan la técnica para esconder lo que pasa en el momento presente son una estafa. Un artista que expresa una cosa y que pretende adoctrinar moral o políticamente un auditorio intentando convencerlo de una idea supuestamente maravillosa sin implicarse personalmente (sin movilizar su interior guiándose por su intuición y no por un plan estrictamente planificado) ofrecerá una obra muerta; puede ser que sea aplaudida por los incondicionales de la idea defendida o por aquellos que todo lo aplauden siempre y cuando se les muestre algo ejecutado de una manera lo suficientemente pomposa. Pero en esencia no estará vivo.

Y el arte no intenta convencer e instruir, sino que pretende remover, provocar, sacudir el espectador para que éste, en definitiva, se sienta más vivo.

Una terapia que no remueva al terapiado está llamada a consolidar lo que, como nos recordaba Perls, vienen a buscar la gran mayoría de clientes: justificar su neura.

También existen muchos espectadores que no quieren ser removidos y que entienden que el arte es un mero entretenimiento para, como se dice coloquialmente, pasar el rato. Por suerte, hay gente para todo. Pero no nos confundamos: una pieza artística para entretener y hacer más llevadero el peso del aburrimiento de los domingos no es una cosa que se tenga que censurar, pero no es ni de lejos lo que representa una obra de arte que sacude el alma del espectador sea el día que sea.

De la misma forma, en un contexto terapéutico, una conversación entre una persona que sabe mucho y que ha leído toda la bibliografía freudiana y un pobre ciudadano de pié puede servir para reflexionar y extraer por parte de este ciudadano alguna conclusión ingeniosa, pero dista mucho de ser un encuentro auténtico entre dos personas (terapeuta y cliente) que no se esconden detrás de sus roles, que se miran y que se escuchan, absolutamente presentes; y de un encuentro auténtico no hay duda que salen cosas auténticas.

El artista y el terapeuta tienen un denominador común: no niegan nada. Y no lo hacen porque cualquier input, cualquier estímulo que emita en el presente el cliente (o el parteneur en el caso del teatro) puede ser un valioso material para trabajar: un ligero movimiento de manos, una onomatopeya aparentemente vacía de contenido, una forma de encaminarse a la puerta de la consulta… Todo nos habla y cuidar, captar i aprovechar cualquier detalle es faena artística y terapéutica. No todo es aprovechable, evidentemente, pero, insistamos, nada es negable en este oficio.

De hecho, el terapeuta (y esto es aplicable cualquier clase enseñanza) lo que realmente enseña al cliente es esa actitud que en ningún momento verbaliza ni explica, sino que aplica i muestra: la actitud valiente y honesta de ver lo que ve, escuchar lo que escucha y huele lo que huele. La actitud libre, adulta y responsable, de no esconderse y de encarar la situación tal como viene sin manipularla ni manipularse.

Siendo enseña a ser. Y lo que somos, como nos recordaba el último Stanislavsky, es mucho más interesante que el mejor personaje que podamos llegar a interpretar.

Confrontar el miedo al riesgo y atreverse responsablemente a mostrarse auténticamente es hacer terapia de verdad, todo un arte.

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Oriol Colomer
Miembro del Equipo de la Escola de l’Ésser
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ESCOLA
DE L'ÉSSER
Centre de Meditació i Teràpia

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