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El proceso terapéutico

por | 3 Dic, 2016

Estamos de enhorabuena en la Escuela … y no paramos …
Acabamos de inaugurar un nuevo apartado en la Web: El Mundo de la Terapia.
Mi humilde aportación es sintetizar las conclusiones que he llegado sobre el proceso terapéutico.
Muchos principios terapéuticos han sido intuitivos. Sientes algo por dentro que te empuja a acelerarlo. Con poca consciencia y, en mi caso, mucha acción.

Siempre hay un “fuego interno” que te impulsa al movimiento. Yo creo que las personas buscamos en principio solucionar problemas que no nos dejan vivir en paz. Con tropiezos, golpes dolorosos y dañinos, acabamos tomando consciencia de que la responsabilidad de nuestro hacer y vivir depende de uno mismo. Es el reflejo de un ser inquieto, que no le valen los recursos obtenidos hasta ahora. Quiere ir más allá. Buscador por definición.

Por lo tanto considero que todo proceso de crecimiento necesita constancia, paciencia y tiempo. Por este motivo, encontrar un alivio rápido a la insatisfacción no es suficiente, ya que se trata de una solución superficial y efímera.

El proceso terapéutico promueve una transformación personal más profunda y estable, ya que al aumentar la capacidad de darse cuenta se le permite estar en contacto con las auténticas necesidades y, por tanto, sentir, pensar y actuar de una manera integrada y armónica. En definitiva, adquirir más consciencia y confianza en el propio proceso autorregulador que termina estableciendo el equilibrio.

El proceso se parece, como describió Perls, al acto de pelar una cebolla: capa a capa, tomando contacto cada vez más en profundidad con un mismo y siendo más consciente de cómo se es realmente, con autenticidad: descubriendo. A medida que se va integrando las partes negadas o ignoradas, se está más capacitado para explorar otras áreas más sensibles de la vida, y se continúa avanzando en un proceso de descubrimiento personal.

La confianza en el proceso y en el terapeuta constituye un factor fundamental que permite integrar las experiencias dolorosas, crecer como persona, relacionarse con autenticidad y afrontar con más sabiduría los retos que la existencia pone constantemente por delante.

En este proceso se llega a la maduración. Como en el ser humano en su desarrollo. Encontramos dos alternativas: o el niño crece y aprende a sobreponerse a la frustración o se transforma en un malcriado. Acompañamiento delicado sin frustración provoca inevitablemente que el niño no aprenda a movilizar sus propios recursos y descubra que tal vez es capaz de hacer algo por sí mismo. Sin frustración, el niño tiende a evitarla manipulando el ambiente.

En definitiva, sin frustración no hay crecimiento, sólo una ligereza y suave muestra de la neurosis y nada más. Y, por supuesto, el terapeuta debe ser motor incitador de esta confrontación con la parte neurótica del cliente.

El proceso de maduración de la personal es concienciar para luego poder traspasar los bloqueos que le impiden que se sostenga en sus propios pies. Se trata de acompañar a hacer la transición desde el apoyo ambiental hacia el auto apoyo. Este camino se consigue mediante “el impasse”, verdadero punto de inflexión del proceso.

El terapeuta debe crear la situación en la que la persona pueda crecer. El medio es la frustración del cliente de tal manera que se vea forzado a desarrollar su propio potencial.

De esta manera la terapia es una valiosa y eficaz herramienta para que las partes despojadas de la personalidad sean re-poseídas, hasta el punto de que la persona se encare al mundo con plena responsabilidad.

Este proceso hacia “el impasse” está lleno de avances y retrocesos. La persona, sola, no conciencia este vacío interior. De ahí la necesidad de un profesional que desde fuera abona las condiciones para que el cliente conciencie que frustrandole puede afrontar sus bloqueos, sus inhibiciones y, finalmente, descubre con sorpresa que lo que provocaba bloqueo y sufrimiento era fruto de su propia fantasía. En “el impasse” siempre hay un poco de locura.

La toma de consciencia implica atravesar el miedo -sin esperar inútilmente que desaparezca por sí sola- con el coraje suficiente para poner en cuestión la imagen de lo que la persona cree que es; dar un paso hacia el temido vacío —este vacío fértil—, ya que es a partir de este lugar desde donde la persona puede obtener un poco más de luz sobre su realidad objetiva y experimentar la satisfacción que produce encontrar algo suyo que había perdido.

Finalmente el cierre del proceso es restaurar el sentimiento básico de confianza, que en su momento se perdió, y la capacidad de amor tanto hacia uno mismo como hacia los demás.

Es un camino de autoconocimiento para poder amarnos y amar, restaurar en cada uno de nosotros la capacidad de entregarnos al Amor. Pasa por la aceptación de nosotros mismos y el agradecimiento a todos los seres que nos han acompañado y acompañan en nuestra vida.

Un síntoma de un proceso es que al terminar, la persona sienta un sincero sentimiento de agradecimiento hacia todos aquellos que han participado en mayor o menor medida en su proceso.

Este es el sentir de quien escribe estas líneas.

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Albert Colomer
Miembro del Equipo de la Escola de l’Ésser
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DE L'ÉSSER
Centre de Meditació i Teràpia

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